jueves, 3 de julio de 2014

En el mundo de los cuentos (5)

Sólo 3 puntas de estrella más, sólo tres grandes esfuerzos más...

La tercera punta de estrella se creía que estaba en algún lugar dentro del Laberinto de Ragnk. Una región perdida donde una civilización antigua, tan antigua como la misma humanidad, había vivido durante cientos de años. El laberinto no tenía trampas, ni criaturas, eso indicaban las escrituras sagradas del lugar. Lo que no se sabía si había era una salida, pues nadie había conseguido salir jamás. Y esto no se debía únicamente a la inmensidad del laberinto, sino a que además las paredes subterráneas del mismo estaban hechas de Confuzita, una piedra muy rara y brillante que parecía emitir una invisible radiación que descentraba los sentidos de quien caminara entre esos pasillos. La vista, el oído, el olfato, incluso el tacto, se veían afectados por esas piedras, llegando a confundir tanto a la gente que ya no sabían si caminaban hacia delante o hacia detrás.

Y ahí se encontraba él, en la entrada del laberinto, a casi 20 metros bajo tierra, iluminado por las antorchas que solitarias iluminabas los pasillos. En cuanto dio el primer paso al interior, comenzó a sentirse desorientado. Pero no le importó, ahora mismo sólo tenía que caminar, y caminar, hasta encontrar la punta de estrella... y luego ya se preocuparía de cómo salir de allí. Caminó durante un par de horas sin encontrar nada, todos los pasillos le parecían exactamente iguales, todos los pasillos le decían exactamente lo mismo "estás perdido". Pero él seguía caminando, y caminando... hasta que empezó a darse cuenta de que quizá podría estar andando en círculos, que no llevaba agua consigo y que pronto la sed y el hambre empezarían a atormentarle. Suspiró. Se acercó a una de las paredes y dio un puñetazo con todas sus fueras. Sus nudillos comenzaron a sangrar. 
Intentó no desperdiciar ni una sola gota de su sangre, caminando y marcando el suelo con una X en cada cruce de caminos que veía. Gritó de dolor, su voz resonando solitaria a lo largo de todo el laberinto. La sangre se había secado, y había tenido que golpear de nuevo la pared. Y así lo hizo hasta 10 veces, cada vez con más dolor, con más sufrimiento, con las heridas más profundas... hasta que encontró el centro del laberinto, y la punta de estrella en él. Cómo brillaba... cómo calmaba el alma. Y cuando la cogió entre sus manos tembló todo a su alrededor, las paredes comenzaron a moverse y todo, todo el laberinto, cambió. Se tiró al suelo vencido, sin saber qué hacer. No podía perder más sangre, pues sin comer ni beber no podía reponerla y terminaría por caer inconsciente y morir, como lo habían hecho tantos y tantos antes ahí dentro.

Colocó las 3 puntas de estrella en sus manos, contemplándolas, admirándolas. Apretó la mano con ellas dentro, pensando en lo lejos que aún estaba de conseguir las cinco puntas y de forjar el colgante, de poder recuperar lo que él mismo había hecho perder... lo que había perdido. Su imagen se adueño de su mente, y notó cómo su corazón se resquebrajaba un poco más, con cada uno de esos lentos latidos... pero al mismo tiempo, se dio cuenta de que podía percibir sus propios latidos, y recordó cuántas veces,  con sólo estar acercándose a ella, lo había notado latir más fuerte.
Se puso en pie y cerró los ojos, suspiró una vez, fuerte. Se dejó inundar por el recuerdo que tenía en la mente y se dejó guiar por los latidos de su corazón, girando continuamente y avanzando en aquella dirección en la que su corazón parecía latir más fuerte. No sabía si eso serviría, ni siquiera sabía si no era todo ya producto de su imaginación y locura... pero no tenía ninguna otra cosa que hacer. Caminó y caminó, cansado, sediento y hambriento. Sin energía, caminaba por inercia, por voluntad hacía mover sus piernas que ya no respondían por sí mismas... y al final la encontró, la salida, la luz del final del laberinto...

Y la cruzó.

Recuerdos

A veces miro alrededor y me pregunto si no soy un extraño en un mundo de extraños. Me pregunto si es posible que mi percepción de las cosas, mi manera de sentirlas... diste tanto de la de los demás que no se llegue a corresponder con nada que otro ser viviente pueda comprender como yo. Es como ser una onda de radio en una frecuencia que nadie más puede sintonizar. No importa cómo ni cuándo suene, así nadie la escuchará jamás.

¿Significan las cosas que se viven tan poco para los demás? ¿Se pueden olvidar tan rápido las palabras, caricias y miradas que un día parecieron tan sentidas como el aire que roza la piel? Quizá a otra gente le ocurra, yo sé que a mi no. Que yo puedo cerrar los ojos y recordar cada uno de esos momentos, cada uno de esos gestos que se han quedado grabados en mi retina, que reviven en mí recordándome exactamente el por qué en ese momento, ese día, quise dar ese beso que di, quise regalar esa sonrisa que vi. Yo no sólo lo recuerdo, porque cuando es algo que ha significado algo, no sólo se recuerda, se revive.

Yo creo que los recuerdos no sirven sólo para sacarnos sonrisas al cabo de los años, sino para que seamos capaces de recordar las cosas que van unidas a esos recuerdos de manera continua, para no perder las cosas importantes, para no perder a las personas importantes. 


~Pero que sabré yo de un mundo que no he creado, en el que sólo estoy porque me ha tocado. Qué sabré yo de lo que significan las palabras, los gestos y las miradas.
Retroceder en el tiempo, es todo lo que en la noche esperaba.~

En el mundo de los cuentos (4)

Tenía una punta de estrella, pero aún le faltaban cinco. La siguiente se encontraba en las montañas nevadas de Irkún, un lugar donde hasta el frío... se helaba de frío. Navegó ríos y cruzó valles, camino por incontables caminos hasta llegar a Irkún.
Corría por la nieve, escalando la montaña, intentando mantener el calor en el cuerpo, intentando no pensar en cómo quemaba tanto frío, tanta nieve, tanto hielo. Corría aunque no tenía fuerzas, aunque su cuerpo estaba magullado por la caída en la ciénaga y por los cientos de km que había recorrido hasta aquel lugar. Quedó atrapado en un recoveco de la montaña por una avalancha, sin poder moverse ni adelante ni atrás, no hasta que el sol no estuviera en lo más alto y derritiera un poco de la nieve que le impedía moverse. 
Estaba helado, totalmente congelado, y la sangre se movía con demasiada lentitud por su cuerpo, estaba empezando a aletargarse.
Aunque podía mover sus extremidades superiores, el calor que aquello generaba no era suficiente para mantenerse vivo durante mucho más tiempo, estaba aislado, estaba perdido... y comenzó a llorar sin saber por qué. Las lágrimas se helaban en su mejilla, pareciendo perlas que lentas se deslizaban por sus mejillas hasta quedar fijas cerca de la comisura de sus labios. Pero.. ¿Por qué lloraba? Y entonces recordó aquellas noches despiertos, aquellas sonrisas a escondidas y aquellos besos que las palabras no pueden nombrar. Y recordó y recordó, casi cada momento pasado, casi cada sorpresa, casi cada regalo... y eso le salvó la vida, porque nada calienta más un alma que un recuerdo que no se quiere olvidar...que un día te dio la vida. 

No recordaba cuánto tiempo había estado ahí parado, ni cuánto tiempo aguantó bajó ese frío mortal, pero de pronto sintió los rayos del sol dibujando en su cara, las lágrimas de sus mejillas nadar hasta caerse sin más... y la nieve se derritió, la nieve se desvaneció... y entre copo y copo... uno que brillaba más que el mismo sol. La segunda punta de estrella, ya sólo quedaban 3.

martes, 1 de julio de 2014

ni cien personas en mil días

Y esto que vas andando por la calle de camino a casa, y de repente sientes algo tocándote por dentro... y cuando quieres darte cuenta... sale esto.


A cada paso que voy dando siento

que camino sobre vacío,

que estas calles las he pisado antes, 

aquella tarde contigo, 

y ahora falto de tu presencia 

pierden todo su sentido.


Camino perdido en recuerdos, 

que un día me dieron la vida, 

recuerdos que se clavan, 

por ser promesa incumplida.



No podéis hoy entender

hasta que punto se pierde el alma,

no sabréis que es querer

hasta que ya no os quede nada.


Y aunque el olvido sería un regalo, 

para un corazón hecho trizas,

se niega él mismo a olvidar

aquello que le dio un día vida,

que le hizo creer en los sueños,

en misterios y aventuras,

que le hizo sentir aquella tarde,

lo que ni cien personas en mil días.

lunes, 30 de junio de 2014

En el mundo de los cuentos (3)

Cuando despertó se sentía dolorido, todo el cuerpo parecía estar conmocionado, afortunadamente no había nada roto. Había caído por la fosa rodando e impactando con docenas y docenas de rocas y puntiagudos salientes, tenía cortes y magulladuras, pero nada roto... a parte de las ropas, claro está. Estaba cubierto de polvo y lodo, intentando averiguar dónde se encontraba y qué hacía ahí. Tardó aun unos segundos en recomponerse mentalmente y enfocar la situación con claridad. Había caído, cualquier movimiento le producía dolor... pero tenía que continuar, no había nada atrás, y aunque quizá no hubiera nada delante, eso era algo que no podría saber hasta llegar al final.
Pero no tenía fuerzas, la caída había dejado todos sus músculos hechos polvo, el simple hecho de incorporarse contra la pared le supuso dolor y esfuerzo en extremo. Se limpió la suciedad de la cara, al rededor de los ojos, con el interior de su camisa. Estaba todo oscuro, a penas llegaba nada de luz del agujero por el que había caído, a penas se podía ver las puntas de los dedos si estiraba los brazos... y de pronto lo vio, a lo lejos, un punto de luz en la oscuridad, un pinto brillante e inmóvil. Tenía que ser la punta de estrella.

Sin saber cómo, se puso en pie, ahogando el dolor de sus extremidades y torso, ahogando las ganas de dejarse caer y no moverse, de dormirse y no despertar, porque eso era lo único que su cuerpo le pedía en esos momentos. Pero luchó contra todo aquello y avanzó hacia delante, con la mirada fija en el punto brillante que cada vez no sólo se hacía más grande, sino que además parecía emitir calor. Podía sentirlo, calidez que recorría su cuerpo y que poco a poco parecía ir haciendo olvidar el dolor que sufría cada célula de su cuerpo. Eso le dio las fuerzas que necesitaba para seguir andando, para alcanzar la luz al final de la caverna. Cuando por fin tuvo la punta de estrella al alcance de su mano, se quedó parado en seco, contemplando, admirando. Una pequeña punta de estrella que brillaba de forma continua, libre de imperfecciones, libre de todo, pues nunca nadie antes la había tocado antes, él sería el primero, él sería el único. Estiró la mano hacia la punta de estrella, era tan cálida, por un momento temió quemarse, pero no, sabía de alguna manera, por instinto quizá, que aquello no podía quemar. 
La sujeto en su palma abierta, la punta de estrella comenzó a perder brillo, lentamente, poco a poco, como si al contacto con la piel hubiera decidido entrar en un letargo voluntario, y terminó por apagarse del todo, dejando todo en la más absoluta oscuridad.

En el mundo de los cuentos (2)

No era un árbol, era una criatura mucho peor que las anteriores dos, era Oso de la ciénaga, tres veces más violento que un oso de montaña y dos veces más grande. En lugar de pelaje, debido al entorno en el que se habitaban, los osos de la ciénaga tenían una piel parecida a la de una serpiente, salvo que no mudaban de piel. Ese oso era el motivo por el que ya no le perseguían, y fácilmente podría ser el motivo por el que perdiera ahí mismo la vida... pero escuchó atentamente, sin moverse ni un sólo centímetro. En su mano retumbaban los latidos lentos de la criatura, podía sentir también su respiración abrupta, pero acompasada. Estaba dormido. En ese momento tenía la sangre helada y la garganta seca como como una lija, pero aun así no se atrevió a tragar saliva. Retiró lentamente la mano del lomo del oso y, todavía conteniendo la respiración se apartó unos metros, sin poder dejar de mirar a la inmensa y temible criatura. Si se despertaba, quería saberlo de inmediato para comenzar a correr... el mínimo parpadeo, y él ya estaría corriendo como alma que lleva el diablo. Retrocedió un par de pasos más, pero no contó con lo estúpido que era caminar sin mirar donde pisas, sobretodo en aquel valle. Su pie se hundió más de 20cm en la tierra, y aunque consiguió ahogar el grito que quería salir de su garganta, no pudo hacer lo mismo con el ruido de su cuerpo al caer de espaldas sobre el lodo.

Se quedó inmóvil durante un par de segundos, un par de segundos que parecieron una eternidad. No quería moverse, no quería hacer más movimientos o ruidos que pudieran alertar al oso de su presencia... y sin embargo tendría que moverse tarde o temprano, no podía permanecer ahí de por vida, no, porque tenía algo que hacer, y no iba a echarse atrás ahora nada más empezar. Tomó todo el aire que pudo, una inspiración profunda que llenó sus pulmones al máximo y contó para sí mismo.. "una, dos.. y ¡tres!". Se impulsó con fuerza y presteza para ponerse de pie de un salto y comenzó a correr, de nuevo. No le hizo falta girarse para saber que el oso de la ciénaga había despertado, el estruendoso y sonoro rugir de aquella criatura, resonó por todo el valle y más allá. Y era lo único que se oía, pues el resto de seres vivos había enmudecido al advertir que la bestia había despertado.

Esta criatura no era cómo las anteriores, esta criatura tenía tal fuerza es sus extremidades que corría con facilidad a mayor velocidad que un humano. A penas tardaría un minuto en alcanzarle, no más. Y eso si tenía suerte y no caía en ningún agujero primero o tropezaba con algo. Pero no podía mirar atrás, y no podía dejar de correr y correr... las zancadas fuertes del oso de la ciénaga eran cada vez más ensordecedores, cada vez se sentía más cerca... casi podía sentir su aliento en la nuca. Eso debía ser el fin, no podía creerlo... en qué momento había pensado que podría lograrlo, en qué momento había pensado que él, un sólo humano, podría haber completado semejante misión. Sonrió para sí mismo cuando se contestó en la mente. "¿Y qué otra cosa podía hacer si no?".
Y entonces cayó. Sintió que no hacía pie en el suelo, que su cuerpo perdía apoyo y se precipitaba hacia delante...


domingo, 29 de junio de 2014

En el mundo de los cuentos (1)

En lo más alto de la montaña, junto al árbol solitario que oteaba el horizonte mientras el viento hacía bailar sus hojas al son de una música que nadie más podía oír. Ahí estaba él, con la mirada perdida en el infinito, fija, seria, con determinación.
Había perdido algo a lo que no se le podía dar valor, había perdido algo que era tan importante para él como lo era el aire que respiraba en ese momento. Había perdido, o más bien, había dejado que se perdiera, la única persona capaz de hacerle cambiar, de salvarle de sí mismo, la única persona con la que no imaginó que escribiría la palabra "final".
Y por eso estaba ahí, en lo alto de la montaña sagrada, escuchando la melodía de las hojas del árbol solitario, escuchando cómo musitaban la canción para él, sólo para él. Una canción lenta y llena de pesar, una canción susurrada en un silbido, una canción que no prometía nada, y sin embargo para él lo era todo.
Tendría que encontrar las cinco puntas de estrella, forjar el colgante de Luz con ellas en las fraguas del Volcán Eterno, y unirlo a la cadena de hilo de Plata de Saharí, que era el hilo que tejía la reina araña de las tenebrosas cuevas del sur. 

No tenía ni armas ni armadura, no tenía ni caballo ni comida. No tenía más mapa que su intuición, ni más certeza que la de no poder volver atrás. Lo único que realmente llevaba con él, era una pulsera, hecha con diferentes colores, con todos y cada uno de los colores del arcoiris. Y con sólo eso, con nada más, se dirigió hacia el valle muerto de Argtán, al norte de las tierras prohibidas, donde en algún lugar, entre fosas, barro y ciénagas, se encontraba la primera de las puntas de estrella. 
Caminar por aquellas tierras era un esfuerzo incalculable, cada paso se hundía en el barro y pesaba más del doble, cada paso era una cuestión de azar, donde en un segundo podías caer en la ciénaga del olvido o ser devorado por un Gazhtrag. Pero ahí estaba él, caminando sin descanso, sin mirar atrás, con la mirada siempre puesta al frente y sin cuestionarse ni una sola vez si debería volver a casa.

A penas llevaba caminando por el valle un par de kilómetros cuando lo escuchó. Entre las pútridas ramas de los arbustos que se atrevían a vivir en aquel lugar, un ruido rítmico, como un castañear, pero muy veloz. Era difícil averiguar de dónde provenía exactamente el sonido... ¿De la derecha? ¿De la izquierda? No... de ambos lados. En una fracción de segundo los Gazhtrag se avalanzaron hacia él. Eran criaturas horribles, con el cuerpo ágil de un gato pero la cabeza grande y peligrosa de un lobo. El sonido que se escuchaba antes de que atacaran, era el sonido que hacían sus 4 filas de dientes chocando unos contra otros mientras masticaban aire. Sin armas era un suicidio enfrentarse a los Gazhtrag, y correr hacia delante sin detenimiento y sin mirar dónde ponías el pie, podría ser incluso peor... pero no tenía otra opción.
Empezó a correr por la ciénaga, era un chico joven y ágil, y no llevaba equipaje. Se movía con gran velocidad, y dado el desproporcionado tamaño de la cabeza de los Gazhtrag, estos no podían correr tan rápido como un felino, aunque sí tanto como un humano. Corrió en linea recta, sin mirar ni un segundo atrás, corrió clavando los pies en el suelo con fuerza para no caer, salpicándose y manchándose a cada paso que daba. 

Seguía escuchando a los Gazhtrag detrás de él, pero cada vez a mayor distancia. Siguió corriendo durante un kilómetro más... hasta que dejó de escuchar. Paró en seco a tomar aire, a respirar durante un momento, y advirtió que ya no le perseguían. Pensó que no habrían podido seguir su ritmo, que se habrían cansado de seguirle. Se apoyó con una mano en un tronco de árbol que se erguía a su lado, un árbol con una corteza muy áspera... Y de pronto, como te golpea una realidad terrible, se dio cuenta de que no habían dejado de seguirle porque estuvieran cansados, y que aquello... tampoco era un árbol.