domingo, 12 de febrero de 2017

La caja de la felicidad (4)

Despertó sin sobresaltos, tranquilo y con el corazón caliente, sin duda alguna había soñado con ella. Solo ella le dejaba esa sensación de calma en todo el cuerpo, en toda el alma.
Se desperezó y asomó la cabeza por el agujero del tronco, hacía un día estupendo, soleado y de temperatura agradable. Esto le hizo sonreír aun más.
Cuando salió del escondite y se disponía a retomar el camino, tuvo la sensación de que algo no estaba bien, de que algo fallaba. Se quedó cavilando unos segundos de qué podía tratarse aquello, cuando de repente escucho un rugido, un rugido muy cercano, tan cercano como que venía de su estómago. ¡Eso era! No había comido nada desde hacía demasiadas horas. 

Miró al cielo frunciendo el ceño, no podía usar sus cubiertos de comer estrellas, esos de colores que le había puesto en la mochila. Tendría que haber cenado antes de irse a dormir, pero se había olvidado, distraído que estaba con las luciérnagas. Suspiró un momento, pero en seguida recobró el espíritu positivo que le había inundado desde el despertar. No tenía importancia, si no podía desayunar estrellas, tiraría de las viandas especiales que llevaba encima. Nada más sano, nada más sabroso...

Regalices, lacasitos... y helados pequeñitos de chocolate. ¡Excelente! Primero, segundo y postre, una comida sana y equilibrada sin duda. Comenzó a comerse el regaliz mientras caminada de vuelta al camino. Era consciente, o así lo sentía él, de que todavía quedaba mucho camino por recorrer, pero esto no lo desmotivaba en absoluto. Él la quería, y todo lo que tuviera que hacer era poco si era por ella. El camino parecía hoy estar más amabale al caminante, con menos piedras y menos socabones. Quizá era su imaginación, pero la imaginación es poderosa, y solo de imaginarlo hacía que le molestara menos a los pies. Después del regaliz, tiró a por lacasitos, y al volcar el recipiente en su mano no pudo más que sonreír, sólo había rojos y azules, ninguno de los otros colores, y él entendió el por qué. Entendió que alguien le había dado lo mejor a cambio de nada, que ella había elegido uno a uno los lacasitos que le iba a dar para su viaje. Los rojos daban más energía, y los azules, ¡mejor espíritu para aguantar el viaje!

Caminó y caminó, en linea recta, que hoy el camino ni se retorcía ni daba vueltas de loco. Caminó con ella en la mente, con ella en los ojos, las manos y los labios, con ella, porque no quería caminar con nadie más, porque nadie más era ella.

domingo, 1 de enero de 2017

Descubrir

La tenía al lado muchas veces, y era muy curioso descubrir como, al menos una vez al día, algún abrazo o beso suyo me hacían sentir como si nada más hubiera en esta vida.

~ pequeña

jueves, 22 de diciembre de 2016

La caja de la felicidad (3)

Siguió caminando, caminando sin descanso. No porque no estuviera cansado, sino porque el amor no entiende de cansancio, el amor no entiende de esperas. El amor ocurre, cuando ocurre de verdad, a todas horas, sin interrupciones, en todo momento, sin excepciones.Y por ello tenía que seguir avanzando.


El sol se despedía en la ontananza ondeando lazos de fuego entre las nubes, mientras que la luna esperaba agazapada tras la montaña esperando su turno para salir a escena y teñirlo todo de misterio. Cualquier buen aventurero sabe que cuando cae el sol hay que encontrar un lugar donde refugiarse, porque las más peligrosas de las criaturas son aquellas que atacan por la noche. Pero allí no había cuevas, ni poblados ni ruinas.
Allí no había más que un camino mal hecho y árboles a los lados. ¿Cómo iba pues a encontrar refugio?


Pensó durante unos minutos, pero sin dejar de caminar. "Cada paso que diera hoy, era un paso que no tendría que dar mañana." Así se decía él mismo para motivarse a seguir.
De pronto, tuvo una idea. No tenía garantía de que fuera a funcionar, pero si lo que buscaba era un escondite, entonces encontraría uno. El sol a penas se dejaba ver ya, y la oscuridad de la noche desnudaba las siniestras siluetas de un bosque solitario. La única luz era la que se veía en el cielo, y la luna se negaba a iluminar más allá del linde del bosque. Quizá por miedo, quizá por maldad, quizá porque no sabía hacer más.


Sacó entonces la linterna y la encendió sin apuntar a ningún sitio en concreto. La luz de la linterna se posaba alegre e inquietamente sobre el suelo, rocas, flores, plantas o ramas de los árboles. En cualquier sitio, pero nunca paraba quieta.
Parecía revolotear con vida propia. Esto era porque no se trataba de una linterna normal, esta linterna la habían puesto en su mochila porque tenía una función como ninguna otra. Servía para jugar al escondite con las luciérnagas.
A los pocos segundos de haber encendido la linterna, un grupo de traviesas luces comenzó a dejarse ver entre la maleza. Acto seguido, empezó a internarse en el bosque. Él las siguió, no era difícil seguirlas, era más difícil no caer al pisar o no tropezarse con ninguna raíz. Las siguió durante un par de minutos, no más, ya que todo el mundo sabe que cuando se juega al escondite, especialmente con luciérnagas, sólo tienes 2 minutos antes de que el que pilla empiece a buscar.


Un árbol que fácilmente podía haber sido 3, un árbol frondoso con ramas y hojas tristes que caían como un paragüas, ocultando el agujero que había en su tronco donde las luciérnagas se habían metido. Se metió sin dudarlo. Estaban jugando al escondite, y se habían escondido allí, así que ahí tenía lo que buscaba, un escondite para pasar la noche. Estaba escondido como ellas, las luciérnagas, y nadie ni nada podría encontrarle allí. Pensó en utilizar su manta, pero allí dentro no hacía frío,y prefirió reservarla para una ocasión mejor. Esa noche, de todas maneras, seguro que soñaría con ella.

domingo, 6 de noviembre de 2016

La caja de la felicidad (Capítulo 2)

El camino que se extendía en zigzag hacia el horizonte cubierto de nieve estaba un poco descuidado aunque era fácilmente transitable. Había algún socavón y varias piedras que de forma caprichosa y sin ningún propósito descansaban perezosas sobre la tierra. A los lados, se alzaban incontables árboles de diferentes formas y tamaños. Algunos tan altos que sus copas quedaban ocultadas entre el frondoso ramaje y otros tan pequeños que podría haberlos saltado si hubiera querido.
Pero a él no le interesaba lo que había tras los árboles, ni le molestaban las importunidades del camino. Él tenía que llegar a la montaña helada al final del camino, para después descender por la gruta de las hadas hasta el jardín oculto donde, si todo iba bien, encontraría la entrada del volcán de cenizas. Lugar donde se forjan los sueños, donde se presumía estar custodiado el tesoro que andaba buscando.

Caminaba a ritmo ligero, no por tener demasiada prisa, sino porque sus piernas estaban acostumbradas a ello. Además la maleta de su espalda parecía no tener peso alguno, se sentía ligera como el mismo viento. Quien se la había preparado, había definitivamente tenido un gran detalle eligiendo tela de hoja de Nymphadora dorada. Pues era el único material existente capaz de absorber hasta la mitad del peso de cualquier cosa que resguardara en su interior.

Miró al cielo, moviendo la nariz de forma instintiva. Parecía que tan sólo faltaban unas horas para que cayera la noche y se hiciera peligroso caminar por el camino. No estaba preocupado por el frío de la noche, pues tenía su manta en la maleta, pero sí le preocupaba perderse o tener un accidente caminando a oscuras, así que decidió que andaría 5 kilómetros más antes de hacer un alto en el camino.

Mientras marchaba, sus pensamientos bailaban distraídos y saltaban de tema en tema sin detenerse mucho rato en nada en concreto. A veces recordaba, otras inventaba, y otras simplemente observaba de forma rigurosa todo aquello que captaba su mirada. Y en uno de esos momentos últimos fue que se percató de que no se había cruzado con nadie en todo el rato, ni con nadie ni con nada. No había escuchado un sólo silbido de pájaro, ni el ruido de un conejo escurriéndose entre la maleza. Nada de nada. ¿Qué podía significar aquello? Nada bueno, eso seguro. Podría haberse asustado, podría haberse dejado atrapar por la sensación de desasosiego que envolvía el ambiente... pero esto estaba ya previsto, no se dejan estas cosas al azar cuando se pretende hacer un viaje así de importante.
Alcanzó de su maleta la libreta pequeña en donde guardaba sus sueños, la abrió al azar por la mitad. Las letras comenzaron a temblar en el papel, la tinta comenzó a derretirse y arremolinarse en la página y tras unos segundos se convirtió en una imagen. Ésta, al momento se despegó del papel y levitó con tranquilidad hasta su mente, donde se recostó en la parte frontal y quedó grabada, deshaciéndose de nuevo en un remolino y formando después las mismas exactas palabras y letras que había antes en la libreta. Pudo sentir la calidez de aquellas palabras recorriendo su mente y su cuerpo al instante, y aunque ahora la página de la libretita estaba en blanco, su corazón estaba lleno y en calma, y así pudo seguir sin temor.

sábado, 5 de noviembre de 2016

La caja de la felicidad (Capítulo 1)

Cuando salió a la calle no sabía muy bien cuando volvería. Era una de esas veces que hacías un viaje de ida... sin un billete de vuelta. Pese a ello, no se podía decir que llevara un gran equipaje. A parte de la ropa que llevaba puesta, una pequeña maleta colgada a la espalda le acompañaba, y ni siquiera la había preparado él. Esto es lo que había en ella:

Una linterna pequeña, para jugar al escondite con las luciérnagas; cubiertos de imanes que se abrían y cerraban, de colores brillantes para comer estrellas; Una manta, suave y morada, que al abrazarla de noche se convertía en su amada. También tenía una libreta pequeña y discreta, en cuyas paginas guardaba sus sueños; viandas, nada hay más sano, regalices, lacasitos y también algún helado; y bolsillos secretos, en dónde en cada uno había un deseo.
Y entre todos los cierres y capas de cremalleras, al fondo se ocultaba su compañera.

Como podéis observar, era una maleta bastante peculiar, y seguro que os preguntáis a dónde iba que necesitaría semejantes cosas. Pues no iba a un lugar concreto, ni a un tiempo definido, sino en busca de un tesoro del que poca gente había oído hablar, un tesoro que cualquier persona que hubiera sabido de él, habría querido conseguir. La caja de la felicidad. Había muchas leyendas e historias sobre esta caja. Algunas dicen que en ella se esconde el motivo de la felicidad de cada persona del mundo, otras dicen que hay tantas riquezas como para comprar un planeta, otras incluso dicen que te da el poder de cambiar el mundo a tu alrededor a como tus sueños se les antoje. En lo único que coincidían todas las leyendas, era en que para encontrarla había que arriesgar algo más que tiempo y vida, y que sólo un gran sacrificio podía abrirla. ¿Para qué quería él semejante tesoro, y por qué arriesgaría su existencia por él?
Pues bien... dicen que el amor te hace hacer locuras... y nadie, nadie amaba más que él.

Se ajustó las cuerdas de la maleta en los hombros, tomo aire con mucha profundidad y después lo dejó salir lentamente de sus pulmones mientras se empapaba de aquel ambiente que no volvería a ver en mucho tiempo. Sonrió para sí mismo, y avanzó hacia el camino de tierra que se extendía a sus pies. Supo que ahí estaba el principio.. pero, ¿dónde quedaría el final?

viernes, 23 de septiembre de 2016

Y consiguieron descansar.

Cuando bajé del tren me sentía un poco perdido, era una ciudad en la que sólo había estado una vez, hacía poco más de 10 años, cuando era niño. Desde la estación podía ver que nada a mi alrededor me era familiar, ni siquiera el viento frío que golpeaba mis mejillas suavemente se parecía al del lugar donde yo vivía.
El sol, pese a que hacía frío, hacía acto de presencia en un cielo totalmente despejado sin ninguna nube y se divertía cegando mi mirada cada vez que intentaba mirar a través del cristal de la estación. Supuse que estarías ya esperándome, aunque una parte de mí temía que llegaras tarde o que incluso te hubieras olvidado. "No, tú no haría eso", pensé.

Cuando cruce la puerta te vi de inmediato. Quizá porque te habías puesto justo en frente y estabas haciendo aspavientos con los brazos para que te viera. O quizá porque no había nadie más al rededor. Era una sensación extraña, te había visto antes, aunque nunca en persona; había oído tu voz, aunque nunca en directo; había incluso tenido conversaciones contigo, pero nunca a la cara. Esta era la primera vez, y no podía evitar sentir una sensación curiosa mitad emoción cuando conoces a alguien nuevo, mitad ganas de volverte a ver con alguien que hacía tiempo que no veías. Y aun así, en el instante en que te vi, supe que todo iba a estar bien, que el viaje valdría la pena.

Me recibiste con un fuerte abrazo y dos besos, exclamando no mi nombre, sino ese alias que estabas acostumbrada a leer mientras jugabas. Sentí como si no fuera la primera vez que me abrazabas. Ese calor que desprendía tu buen corazón lo había sentido antes, aunque fuera en la distancia, y eso me hizo sonreír aun más. Te devolví el abrazo con cariño, y comenzamos a caminar. No tenía claro qué íbamos a hacer ese día, y creo que tú tampoco... pero estaba claro que fuera lo que fuera iba a ser para pasarlo bien.
Y así fue, realmente hicimos muchas cosas para tan poco tiempo que tuvimos. Desde pasear sin rumbo por el parque, hasta empacharnos sin remedio a base de bollicaos en un banco en mitad de las Ramblas. Sé que caminamos mucho, aunque no sabría decir cuánto, sé que caminamos mucho, pero que en ningún momento me sentí cansado. Sé que caminamos mucho, pero ni la mitad de lo que reímos, ni la mitad de lo que hablamos.
Y es que contigo, es difícil no sentirse feliz.

Después te quise llevar a algún sitio a cenar, fingí saber perfectamente dónde iba, y tú fingiste creerme y te dejaste llevar sin ninguna queja. Giré en una calle aleatoria, crucé una plaza que no había ni visto antes. Me perdí en ningún lado y en ningún sitio, pero seguí caminando, y tú simplemente sonreías a escondidas sabiendo que estaba perdido. Sí, lo estaba, pero lo que tú no sabías, es que aunque no lo hubiera estado, sólo con verte sonreír, habría seguido perdido una vida y media más.

Finalmente encontré un restaurante, aunque creo que ya no recuerdo dónde ni qué cenamos. No recuerdo quién pago, o si llegamos siquiera a pagar. No recuerdo si hubo postre, si la comida estuvo buena o no... Pero sí recuerdo que contamos historias, las más absurdas que habíamos vivido, incluso las que aún nos quedaban por vivir. Sí que recuerdo que reíste tan fuerte que el agua casi te sale por la nariz, y que yo me atragante, con mi propia saliva, intentando no estallar en carcajadas. Eso sí lo recuerdo, porque dejó un sabor de boca difícil de olvidar.

Y cuando salimos, llovía a cántaros, como no había visto llover en meses. Me cogiste de la mano y me arrastraste calle arriba con tan sólo un "¡Por aquí!". Corrimos bajo la lluvia, y en ese momento admito que pareció una idea genial. Ahora, en perspectiva, veo que nos empapamos igual que si hubiéramos ido caminando despacio. No tenía ni idea de por dónde me llevabas, pero no dejabas de reír, de cagarte en todo, y yo de cagarme en la puta. No sé qué nos pareció tan divertido de aquello, de estar mojándonos como patos y pensar en la pulmonía que podíamos pillar. Pero ahí estábamos, corriendo bajo la lluvia y pasándolo tan bien como si aquello fuera un parque de atracciones. Y seguimos corriendo... hasta que llegamos allí. Paraste de golpe en un portal y nos refugiamos.

"¿Te has cansado de correr ya?" Te pregunté mientras me inclinaba para coger aire apoyado en mis rodillas. Me miraste casi ahogada tú también, y te reíste.

"Sí, desde que empezamos a correr" bromeaste mientras te incorporabas. Me reí con ganas. "Anda, sube y te secas, y con un paraguas te vas al Hotel".
No pude negarme a tu oferta, estaba tan calado en agua que me chorreaban hasta las pestañas. Así que simplemente asentí, como un tonto que no sabe qué responder. Un tonto  pasado por agua.

Y subimos, y me dejaste una toalla, una camiseta ancha y un pantalón a juego. Poco varonil, sí, pero seco y a juego. Me mandaste al baño a secarme y cambiarme, y te dejé a ti en la habitación. Yo creo que no tardé mucho, que sólo tarde unos minutos, más unos minutos que dejé pasar por si tú estabas haciendo lo propio en tu habitación. Sinceramente, yo creo que no pasaron más de 15 minutos, pero también es cierto que perdí un poco el control del reloj.
Cuando llegué a tu habitación estabas tirada ya en la cama, tapada con una manta y con los ojos cerrados, la luz encendida y la cara medio hundida en la almohada.
Aguanté la respiración, como si temiera despertarte con tan sólo respirar, mantuve el silencio como si temiera que al robarte el aire con un suspiro te pudieras molestar. Me acerqué de puntillas hacia la mesita donde estaba mi móvil y mi cartera. No tenía ni idea de cómo volver al Hotel, tampoco tenía paraguas y seguía lloviendo a cantaros. No tenía ni idea, pero sí sabía que no te quería despertar. Estaba ya en la puerta de tu cuarto, con la mano en el interruptor de la luz para dejarte descansar...

"Apaga la luz, deja eso y acuéstate ya, estoy cansada" te escuché decir. Me giré y te vi todavía con los ojos cerrados, la cabeza hundida en la almohada, y sin dar casi ningún signo de vida, excepto tu mano dando unos leves golpecitos sobre el colchón a tu lado.

"Bueno, si me lo ordenas... qué remedio" dije, como si te estuviera haciendo un favor, como si no me estuvieras salvando el día, como si no acabaras de hacerme sonreír aunque no pudieras verlo. Me acosté a tu lado sintiéndome raro, y me puse de lado dándote la espalda. Sentí tu brazo pasar por encima del mío, cayendo en forma de abrazo. Sentí tu abrazo en mi piel, y tu comprensión en el alma. Dejé de sentirme raro, y me sentí un poco más tú.

Abracé tu brazo con el mío sobre mi pecho. Compartí mi suspiro contigo, compartiste tu respiración conmigo. Compartimos una sonrisa en la oscuridad, y los dos nos entendimos.

Y así terminó el día, que no  todo termina como uno espera, ni todo espera a que uno termine. Pero aquella noche, en aquel momento, fuimos simplemente dos almas perdidas que encontraron un lugar, fuimos dos corazones rotos que consiguieron descansar. 
Fuimos dos personas durmiendo, compartiendo cama y quizá algún sueño. Fuimos lo que fuimos, y no pedimos nada más...

~DeWay.


lunes, 12 de septiembre de 2016

Y entonces lo vi...

Y te vi, una vez de muchas otras, pero igual de especial como cada otra vez.
Te vi y te admiré, a ti y cada una de tus palabras y tus gestos... como cada vez.

Pero en esta ocasión vi que no eras tan guapa como un ángel, aunque yo lo había dicho antes.Observe que tu pelo no caía a todo momento por donde debía, tu piel tenía algunas imperfecciones, tu cuerpo no era el de una chica de revista de moda, que no todos tus sonidos al hablar eran armonía ni todas tus caras poesía.

Vi que no siempre decías lo más acertado, que a veces se te escapaba algún comentario que quizá deberías haber omitido, que a veces te tomabas ciertas cosas demasiado en serio, que no estaba de acuerdo en todo lo que decías.

Y entonces lo vi, lo vi como si no hubiera nada más que ver:
Esa no era la chica de la que yo me había enamorado años atrás. No lo era, no más.
Y sonreí, porque la chica de la que me enamoré había desaparecido... la chica por la que en su día habría enloquecido si me lo hubiera pedido ya no existía. La chica que cambió mi corazón había dejado de ser.
Ahora estaba delante de una mujer diferente, una mujer distinta y que había dejado atrás a la chica anterior. Y recordé aquello que un día dejé salir de mí, para ti, al lado de la estación. "No te quiero sólo por quien eres ahora, sino por la mujer que creo que puedes llegar a ser".

Y entonces sucedió tal y como yo supe desde ese día. Y me enamoré de esa mujer también, y de ese pelo que caía por donde le daba la gana, de esa risa, de esa piel con alguna manchita blanca, de esas curvas que le recorrían, de sus contestaciones, las buenas y las malas; de su ceño fruncido, de sus muecas, y de todo, todo ella.
Me enamoré de ella, e imaginé la mujer que podría ser en unos años, y la quise también. Y entendí que sin saberlo, mientras ella cambiaba yo cambié también, que cada uno siguió un camino distinto, que cada uno vivió lo suyo y parte de lo del otro también. Que cada uno cambió en un sentido, en una dirección... pero que siempre estuvimos ahí, sutilmente a veces, otras simplemente como un soplido. Que siempre estuvimos ahí, siempre lo íbamos a estar.


Nini.