viernes, 24 de febrero de 2023

Sara.

Me aseguré de que no pudiera ver entre los huecos de la tela que le había puesto en los ojos, la cogí de la mano, y la guié en silencio para bajar las escaleras del avión. Ella sabía perfectamente que había sido un vuelo largo, pero no tenía manera de saber a dónde habíamos ido. Había tomado todo tipo de precauciones para que así fuera, y por ello iba vendada en los ojos y llevaba unos Sony WH-1000XM4 con cancelación de sonido total. Por si eso no fuera suficiente, la noche de antes la había tenido despierta para ir de empalmada a coger el avión, a sabiendas de que entonces pasaría la mitad del vuelo dormida, perdiendo así la noción del tiempo y haciendo que le fuera imposible adivinar hacia dónde nos dirigíamos.

La llevé con cuidado hacia la zona de recogida de equipaje, donde por suerte no tuvimos que esperar más de 5 minutos hasta que nuestras mochilas aparecieron por la cinta. Íbamos bastante ligeros para 2 semanas de viaje, pero el plan era poder moverse con facilidad y, de necesitarlo, comprar allí mismo ropa u otras cosas de necesidad. Sara había insistido en que ella correría con todos los gastos, y que no había nada que pudiera hacer para disuadirla de aquello. Cualquier intento por mi parte de convencerle de compartir gastos era abatido por el mismo argumento una y otra vez. “Me dijiste que hiciera cosas que me hicieran feliz, que invirtiera en mi felicidad, y eso hago, ahora no puedes quejarte” me decía, la muy pilla. 

Salimos del edificio principal y la ayudé a orientarse con sus ojos aún vendados hacia un pequeño mirador dentro del aeropuerto. “¿Estás lista?” le pregunté. Ella no dijo nada, solo dio pequeños saltitos de impaciencia y emoción, e hizo un ruidito agudo que interpreté como un sí.
Le quité la venda de los ojos con cuidado y me puse a su lado, queriendo ver su reacción si conseguía identificar dónde estábamos. Para mi sorpresa, lo primero que hizo no fue mirar al paisaje, ni buscar algún letrero en busca de una pista. Lo primero que hizo fue mirarme a mí, sonreírme, darme un abrazo fuerte, y después pegarme un puñetazo en el hombro. “Eso por tenerme con los ojos vendados tantas horas, eres tontísimo”. Me reí, y asentí, concediendo, pues no podía negar ninguna de las dos acusaciones.

Después de eso sí miró a su alrededor. Delante tenía una bahía muy extensa, tanto que apenas se podía llegar a ver lo que había al otro lado. Se giró, curiosa, para mirar hacia la dirección opuesta. Ahí se le iluminó la cara. En cuanto vio la ciudad, la estructura de los edificios y los rascacielos supo dónde estábamos. “¡Raúl, Raúl, Raúl! ¡Esto es Tokio! ¿Verdad que sí? “¡Dime que sí, dime que sí!” me azuzó con los brazos para que comenzara a caminar, impaciente como estaba ella por explorar aquella ciudad, y aquel país. Yo sonreí y asentí con la cabeza, dejándome llevar. “Sí, lo es” respondí de forma breve. Parecía increíble que ella con sus piernas cortas pudiera hacerme caminar tan rápido. Pero eso me hacía feliz, porque ella estaba feliz.


Llegamos con las mochilas en la espalda a una parada de taxis. Todos amarillos, aunque de diferentes tonalidades, imagino que o bien de forma natural o por el desgaste del sol sobre la pintura. “¡Venga, venga, venga!” me dijo de nuevo, haciéndole una señal a un taxi para saber si podíamos subirnos. Ella siempre era así, energética, sonriente, incansable. Yo era bastante más parado y tranquilo, quizá por eso nos compenetrábamos tan bien. “Espera, Sara…” le dije, cogiéndola de la mano. Se giró y paró en seco, me miró, con sus ojos curiosos pero sin que su sonrisa cediera ni un solo milímetro. “¿Qué pasa?” me preguntó, alzando una ceja.
La miré, dejando una pausa dramática de tiempo para hacerme el interesante. “Sé que tienes ganas de ver mil cosas, pero… ¿sabes qué tengo yo?”
Me miró entrecerrando los ojos, me apretó la mano de la que estábamos cogidos y empezó a reírse en voz alta en mitad de todo el mundo. Cuando dejó de reírse suspiró y puso cara fingida de fastidio antes de contestarme. “Sí, lo sé.” Nos miramos, sonreímos. Ella sabía lo que iba a decir, y yo sabía que lo sabía. “Soy tontísimo, ¿Verdad?” Le pregunté.
Y ella me respondió, sonriendo más que nunca . “El que más”.



Y de repente me di cuenta. Que todo valía la pena por escucharla reír así.