domingo, 29 de junio de 2014

En el mundo de los cuentos (1)

En lo más alto de la montaña, junto al árbol solitario que oteaba el horizonte mientras el viento hacía bailar sus hojas al son de una música que nadie más podía oír. Ahí estaba él, con la mirada perdida en el infinito, fija, seria, con determinación.
Había perdido algo a lo que no se le podía dar valor, había perdido algo que era tan importante para él como lo era el aire que respiraba en ese momento. Había perdido, o más bien, había dejado que se perdiera, la única persona capaz de hacerle cambiar, de salvarle de sí mismo, la única persona con la que no imaginó que escribiría la palabra "final".
Y por eso estaba ahí, en lo alto de la montaña sagrada, escuchando la melodía de las hojas del árbol solitario, escuchando cómo musitaban la canción para él, sólo para él. Una canción lenta y llena de pesar, una canción susurrada en un silbido, una canción que no prometía nada, y sin embargo para él lo era todo.
Tendría que encontrar las cinco puntas de estrella, forjar el colgante de Luz con ellas en las fraguas del Volcán Eterno, y unirlo a la cadena de hilo de Plata de Saharí, que era el hilo que tejía la reina araña de las tenebrosas cuevas del sur. 

No tenía ni armas ni armadura, no tenía ni caballo ni comida. No tenía más mapa que su intuición, ni más certeza que la de no poder volver atrás. Lo único que realmente llevaba con él, era una pulsera, hecha con diferentes colores, con todos y cada uno de los colores del arcoiris. Y con sólo eso, con nada más, se dirigió hacia el valle muerto de Argtán, al norte de las tierras prohibidas, donde en algún lugar, entre fosas, barro y ciénagas, se encontraba la primera de las puntas de estrella. 
Caminar por aquellas tierras era un esfuerzo incalculable, cada paso se hundía en el barro y pesaba más del doble, cada paso era una cuestión de azar, donde en un segundo podías caer en la ciénaga del olvido o ser devorado por un Gazhtrag. Pero ahí estaba él, caminando sin descanso, sin mirar atrás, con la mirada siempre puesta al frente y sin cuestionarse ni una sola vez si debería volver a casa.

A penas llevaba caminando por el valle un par de kilómetros cuando lo escuchó. Entre las pútridas ramas de los arbustos que se atrevían a vivir en aquel lugar, un ruido rítmico, como un castañear, pero muy veloz. Era difícil averiguar de dónde provenía exactamente el sonido... ¿De la derecha? ¿De la izquierda? No... de ambos lados. En una fracción de segundo los Gazhtrag se avalanzaron hacia él. Eran criaturas horribles, con el cuerpo ágil de un gato pero la cabeza grande y peligrosa de un lobo. El sonido que se escuchaba antes de que atacaran, era el sonido que hacían sus 4 filas de dientes chocando unos contra otros mientras masticaban aire. Sin armas era un suicidio enfrentarse a los Gazhtrag, y correr hacia delante sin detenimiento y sin mirar dónde ponías el pie, podría ser incluso peor... pero no tenía otra opción.
Empezó a correr por la ciénaga, era un chico joven y ágil, y no llevaba equipaje. Se movía con gran velocidad, y dado el desproporcionado tamaño de la cabeza de los Gazhtrag, estos no podían correr tan rápido como un felino, aunque sí tanto como un humano. Corrió en linea recta, sin mirar ni un segundo atrás, corrió clavando los pies en el suelo con fuerza para no caer, salpicándose y manchándose a cada paso que daba. 

Seguía escuchando a los Gazhtrag detrás de él, pero cada vez a mayor distancia. Siguió corriendo durante un kilómetro más... hasta que dejó de escuchar. Paró en seco a tomar aire, a respirar durante un momento, y advirtió que ya no le perseguían. Pensó que no habrían podido seguir su ritmo, que se habrían cansado de seguirle. Se apoyó con una mano en un tronco de árbol que se erguía a su lado, un árbol con una corteza muy áspera... Y de pronto, como te golpea una realidad terrible, se dio cuenta de que no habían dejado de seguirle porque estuvieran cansados, y que aquello... tampoco era un árbol.

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