jueves, 17 de febrero de 2022

Y ya no estás.

Aun hace eco en mi mente tu risa
y ven mis ojos en los tuyos el sol brillar,
mientras caminando al son, sin prisa,
escucho tu voz empezando a cantar.

Todo mi cuerpo atento a tus notas,
toda mi mente perdida en tu ser.
No había nunca escuchado antes
un sonido que hiciera vibrar mi piel.

Fuiste la reina del mundo,
de aquel que yo quise tener.
La dueña de mis suspiros,
de mis lágrimas, de mi querer.

Fuiste la leve brisa de viento
que devolvió ilusión a mi vida,
aquella que hizo se tornaran luz
mis más oscuras pesadillas.

Fuiste tanto, todo, y más.
Mi noche y día, por igual.
Mi luz, mi sombra, mi lugar.
Fuiste tanto...y ya no estás.

sábado, 5 de febrero de 2022

En la Plaza de España

 "Who do you think you are, running around leaving scars..." 

Dejó el estribillo de la canción a medias y giró la cabeza para mirarla. Estaba allí, sentada a su lado, en un banco en mitad de Plaza de España, devolviéndole ahora la mirada. Quedaron en silencio mirándose unos pocos segundos. Segundos incuantificables, inexactos, pues lo que para ella pudo ser solo un instante, fue para él cerca de una eternidad.
Finalmente quebró y apartó la mirada, dirigiéndola hacia el suelo, juntando las manos nervioso. Respiró hondo para intentar tranquilizarse, para que el aire que entraba por sus pulmones desplazara al miedo que sentía a decírselo. Respiró profundamente para hacerse un poquito más valiente.

Habían quedado varias veces en los últimos meses, juntos, solos. Habían reído como nunca, habían hecho el tonto como siempre, habían compartido buenos momentos, y se habían compenetrado en todo momento como si llevaran años viéndose, como si nunca se hubieran separado sus caminos.
Pero sí lo habían hecho.

-¿Sabes? Ahora vivo aquí, en la misma cuidad...- dijo él, justo antes de hacer una pausa, intentando encontrar palabras que no supieran a aire. Palabras que estuvieran cargadas, que tuvieran peso. Ella esperó, no dijo nada, solo le miraba.

Cerró los ojos un momento para poder seguir.

-Sigo sintiéndome increíblemente bien cuando estoy contigo. Sigo disfrutando de cada momento que compartimos, sigo sintiendo que verte sonreír es lo más bonito que le puede pasar a alguien en la vida, que mi tiempo se siente más tiempo cuando lo comparto contigo. Y...- Hizo otra vez una pausa, pero continuó en seguida, como si necesitara sacarlo ya, como si el simple hecho de no decirlo pesara en su interior. -Y pensaba que quizá podríamos volver a intentarlo- terminó diciendo.

El silencio volvió a rodearles, no podía verse, ni oírse, pero sí sentirse. Ella apartó la mirada y miró al suelo, sin decir nada. Él la miró, con una sonrisa caída, triste, y añadió - Es una locura, ¿verdad?-. Lo dejó caer, no porque pensara que lo fuera, sino porque quería darle una salida fácil.

Ella lo sabía, pero él le importaba. Le importaba de verdad y no habría visto justo tomar un atajo. Dejó que el silencio se diluyera lentamente entre el ruido del gentío, los coches y los pocos pájaros que, ajenos a la situación particular de ellos dos, cantaban alegres en los árboles de la plaza.

- No, no es una locura- terminó por decir justo antes de devolverle la mirada.

Y no hicieron falta más palabras, no hizo falta más explicación. Él le entendió a través de su mirada, y ella supo que él lo entendió. No intentó ocultar sus lágrimas y las dejó caer libres por su mejilla. Ella se inclino hacia él y le abrazó. Él le devolvió el abrazo, y una vez más, por un instante, fueron uno solo.

Y es ahí donde entendió que hay amores eternos que, aunque no acaban, sí cambian.

domingo, 30 de enero de 2022

En mitad de la noche

Se despertó en mitad de la noche, desvelado. Miró al reloj de la mesita de noche. Daba las 3:40. Todavía quedaba mucho para que sonara el despertador, eso le reconfortó un poco. Se quedó tumbado en la cama, boca arriba, intentando dejarse cazar de nuevo por Morfeo mientras su cabeza comenzaba a hacer de las suyas y se rebelaba contra él poniéndose a barajar pensamientos. Hacía tiempo que quería escribir, pero no era capaz de romper el bloqueo artístico, no era capaz de encontrar una excusa, un argumento sobre el que hacerlo. Su cerebro decidió que era un buen momento para ponerse a cavilar sobre ello.
Buscaba algo que le hiciera sentir, que le hiciera emocionarse. Algo que pudiera leer de nuevo dentro de años y años y le removiera algo por dentro aun después de tanto tiempo. Una historia, una reflexión, algo que ocurrió o que podría ocurrir. Daba igual, simplemente tenía que ser algo que sintiera que quería escribir. Eso era lo que le gustaba de escribir: Dejar los sentimientos sobre el papel. 

Suspiró inconscientemente, entre triste y resignado, por no ver que estuviera encontrando ninguna solución a su quebradero de cabeza. De repente notó un pequeño movimiento en su pecho. Una ligera sensación de calor, después otro pequeño movimiento. Abrió los ojos y miró encima suyo, encontrándose de frente dos ojos brillantes y amarillos que le observaban. 
Maya, una gatita negra como la misma noche, gustaba de dormir sobre su pecho y se había despertado con su suspiro. Él se quedó mirándola, ella acercó la cabeza y la frotó contra la suya dos veces antes de volver a tumbarse. Cuánto se querían.
Sintió la necesidad de acariciarla.

Pero cuando fue a sacar la mano de debajo de la manta, notó que ésta estaba siendo asida por algo. Sonrió en la oscuridad, se mordió el labio ligeramente para evitar reírse de emoción. De alguna manera, en la noche, mientras dormían, su mano y la de ella se habían buscado a escondidas para cogerse. Algo tan aparentemente pequeño, le pareció tremendamente hermoso. Casi mágico. Se sintió feliz, sintió que todo iba bien, que todo iría bien.

Y supo que, sin lugar a dudas, quería escribir sobre ello.

sábado, 22 de enero de 2022

Punto y... aparte.

No era una oscuridad absoluta, pero casi. Había una tenue iluminación que venía de una apertura en el techo. Una apertura que, o bien era muy pequeña, o lo parecía debido a la gran altura a la que se encontraba.
Era una sala muy amplia y vacía, tan amplia y vacía que no cabía nada que no fuera el frío que rezuman las paredes. Tan amplia y vacía... que el solo hecho de estar ahí te hacía sentir insignificante.

- ¡¿Dónde estás?! - preguntó frustrado levantando la voz. Sus palabras se helaron en el aire a los pocos segundos, cayendo pesadamente sobre la fría losa. 
Se giró en todas direcciones, con las manos en la cabeza, como si al soltarla pudiera perderla.

- ¿Dónde estás? - repitió, esta vez sin gritar, con la voz quebrada, dolida.

Tardó aun unos segundos en dejarse oír. No es que se estuviera haciendo de rogar, es que en su estado actual le era difícil aparecer.

- Estoy aquí - respondió. Débil, bajito, como si estuviera al límite de sus fuerzas - No te alteres, no he desaparecido. Aun - terminó de decir, dejando reposar las palabras en el tiempo.

En el preciso y exacto instante en el que escuchó la voz, sus ojos se iluminaron. Se colocó de frente hacia la dirección desde la cuál venía el sonido y, aunque no podía verle, sí podía sentirlo. Ya no hacía tanto frío en aquel lugar.

- Necesito que vuelvas - dijo él, tembloroso, como si no estuviera seguro de si esas eran las palabras adecuadas.

- ¿Lo necesitas? Si lo necesitaras, no habrías estado tanto tiempo sin mí - contestó la voz, sin ápice de rencor, sin acritud alguna, simplemente resaltando un hecho.

Él balbuceó unos instantes, frunciendo el ceño, gruñendo. Volvió a cogerse de la cabeza, intentando no desquiciarse, intentando no perderse aun más. Intentó pensar, pero fue en vano. Y cuanto más pensaba, más le parecía que se alejaba de encontrar una respuesta convincente. Y esa sensación fue la que le hizo entender.

- Tienes razón. No lo necesito - dijo concediendo finalmente.

- Y, ¿entonces? - preguntó la voz, sin mostrar ningún sentimiento.

- Lo quiero - Sentenció, firme, convencido.

Cerró los ojos y respiró profundamente. Dejó que su mente se perdiera en recuerdos, que los recuerdos se deshicieran en sentimientos y emociones, y dejó que éstos le calaran tan profundo que fueran como una segunda piel.

 
Sintió el hormigueo propio de esos segundos antes de un primer beso, el erizar de la piel de un te quiero en un susurro. Sintió el punzante dolor del primer desamor, el hielo aparentemente eterno que envuelve el corazón tras la primera ruptura. Sintió la ilusión de una nueva sonrisa, la alegría de un "yo también" en el momento indicado, la emoción de apuntar el último acorde de una canción que acabas de crear, la sensación inexplicable de paz de ciertos abrazos, la amargura de la primera lágrima que cae tras un adiós.

Sintió. Sintió tantas cosas que aquella sala dejó de estar vacía, sintió tantas cosas que dejó de hacer frío, que dejó de sentirse solo. Sintió tantas cosas que la sala se quedó pequeña, estallaron los muros, se abrió hacia el cielo.
Y volvió a escuchar la voz, ahora más enérgica, que no venía de ningún lado y a la vez provenía de todos. Porque estaba dentro de él.

En ese momento, por fin, se reencontró consigo mismo.

miércoles, 29 de diciembre de 2021

Feliz año nuevo. (Reflexión)

Todos los años suelo escribirle a la gente que me importa un mensaje, relativamente extenso, felicitándoles estas fechas. Y más importantemente aún, para mí al menos, diciéndoles lo mucho que significan para mí.

Este año no me ha apetecido. Y ha sido ahí cuando realmente me he dado cuenta que algo iba mal.
Y entonces, pensando en ello, me he dado cuenta de que no sólo no me ha apetecido hacer eso, sino que de forma genérica no me han apetecido muchas cosas durante muchos meses.

Con pinzas, y con todo el respeto del mundo a las personas que han sufrido depresiones profundas, diría que estoy pasando por una en estos momentos de mi vida. Una sutil, leve, o quizá sea un indicio. O para ejemplificarlo de forma más clara, si la depresión clínica fuera estar sumergido en un lago profundo, yo tengo ahora el agua por las rodillas.
Y no quiero que suba más.

Dos años de pandemia no solo afectan a la salud física. Yo tengo la certeza de que mi apatía y falta de ilusión por hacer nada se han visto impulsadas mayormente por la situación. Soy una persona muy emocional y me encanta dar y sentir cariño por parte de aquellas personas que quiero. Desde el cariño más íntimo y directo como un abrazo, hasta el cariño más sutil como el que desprende una mirada o una sonrisa. Y eso me ha faltado. Y me ha faltado mucho. Y poco a poco ha hecho herida, al principio invisible, y ahora a piel viva.

Y esto que me está pasando, seguramente le estará pasando o le habrá pasado a muchos otros. Así que creo que ahora más que nunca deberíamos esforzarnos por ofrecer un poquito más de comprensión a los demás y aprovechar cualquier excusa para decirle a alguien que les amamos, que les queremos, que les apreciamos, que nos cae genial, o simplemente que nos hemos acordado de ellos. 
Un minuto de nuestro tiempo puede levantar el ánimo de alguien por un día entero. Y eso es algo que vale la pena. Y es algo que todos podemos dar y merecemos recibir.

Dicho esto. Yo mismo quiero aprovechar para decirle algo a esas personas que han estado o están en mi vida:

Gracias. Gracias por haber impregnado mi vida con, como mínimo, un poco de vuestra esencia.
Y no importa si compartimos camino hace mucho o si fue algo fugaz. Quiero que sepas que, si alguna vez me importaste y te quise de cualquier forma, sigues teniendo un hueco en mi vida para ti. Porque yo sí creo en los para siempre cuando el cariño es de verdad. Porque puede que los caminos que seguimos cada uno se separan en algún momento...pero las huellas de los pasos que dimos juntos, siguen marcados en el recuerdo.


Feliz año a todos/as. 

jueves, 26 de agosto de 2021

Fuego

No sé qué me quemó más.
Si el color de su pelo
o la intensidad de su mirada.
Ni sé cuánto tiempo pasé,
horas, creo, ido en su balada.

A solas, mirándola en silencio,
sin más intención que admirarla.
A solas, como temiendo,
que de verla... se acabara.

jueves, 12 de agosto de 2021

Reencuentro.

Sólo se habían visto en persona en una ocasión, hacía un par de años, en un evento que tuvo lugar en la capital, Madrid, donde hoy volverían a encontrarse. Estaba inquieto, jugando con el reloj de su pulsera, mirando a los distintos semáforos y pasos de peatones desde los cuales pudiera verla llegar. No estaba nervioso, estaba entusiasmado, emocionado. Ella era un tipo de persona muy especial. Era una persona de esas que llevan una mochila llena de felicidad y van repartiendo de ella entre aquellos que se le acercan. Ella era como ese primer rayito de luz que se cuela por la ventana y te despierta con calidez. Ella era muchas cosas, pero la más importante para él, era que ella... era ella. Y no intentó ser nadie más.

La divisó en la otra parte del paso de peatones, a la salida del metro de Atocha, justo en frente del Hotel OnlyYou. Se levantó y, sonriente, agitó el brazo para que le viera. Él era un chico alto, así que enseguida lo vio y le devolvió el saludo con la mano de forma efusiva. Desde ahí no podía verlo, pero él estaba seguro que también estaba sonriendo. Siempre era así. 

Se apresuró hacia el paso de peatones y le levantó la mano con la palma abierta para que parara. Ella no lo entendió, se encogió de hombros y siguió caminando por el paso de peatones, hasta juntarse con él justo en medio. Se abrazaron. Y os aseguro que, incluso si todo el viaje hubiera sido solo para ese momento, habría valido de igual manera la pena.

La estrujó en sus brazos, contento, y le dio un beso en la mejilla, uno sonoro y cargado. Ella sonrió de nuevo, y cuando estaba a punto de hablar, se escuchó el pitido de los coches. Estaban ahí, parados, en mitad de una de las calles más centrales, entorpeciendo el tráfico. “¡Corre!” - le dijo. Y entre carcajadas huyeron al trote hacia la acera. 

- ¿Qué plan has preparado? - preguntó él mientras se alejaban un poco del alboroto de la calle principal. Ella le miró extrañada, señalándose a sí misma y protestó - ¿Yo? ¡Pero si acabo de llegar a esta ciudad, no conozco casi nada! Di tú qué te apetece hacer conmigo-. Él se rió - ¡excusas, mimimimi, excusas! Pero no te preocupes, tengo el plan perfecto, pues, de lo que más me apetece -. La cogió del la muñeca, tirando levemente de ella para evitar que se chocara con una persona que venía a toda velocidad desde la otra dirección y llevándola hacia una cuesta próxima.

- Vamos por aquí-. Dijo él. Y ella, ella se dejó llevar.

Llegaron enseguida al Parque del Retiro, lleno de césped, árboles, sonidos de pájaros, aire fresco y tranquilidad. - Pero... ¿qué plan ese ese tan fantástico? - preguntó ella mirando alrededor. Ya había estado antes, pero seguía gustándole ese sitio. Era como encontrar un oasis verde en un vasto desierto de ruido, metal, y cemento. Era como un lugar donde poder desconectar del ajetreo constante que embargaba la capital. Él la miró brevemente, negó con la cabeza y siguió caminando. - Si te lo digo no tiene gracia, pero créeme, que es un plan genial. ¡Al menos para mí! -rió.

A los pocos minutos caminando hacia el interior del parque, se pararon en frente de un bordillo alto que separaba el camino de los viandantes del césped. volvió a acercar su mano a su muñeca, la cogió con solo los dedos, y se la alzó levemente mientras hacía una reverencia señalando con el brazo hacia el césped. - Si la señorita me permite - comentó, divertido. Ella se rió, y después intentó ponerse seria - Cómo no, faltaría más - respondió mientras se ayudaba de su mano para subir el escalón. Ciertamente no le hacía falta la ayuda, pero así era más divertido.

Se sentó en el césped, y la invitó con otro gesto más a sentarse ella también. Ella le miró, alzando una ceja mientras se sentaba. 

- ¿Y bien? - preguntó ella.

Él se encogió de hombros, mirándola tranquilamente, y sonrió. - Este es mi plan. Lo que más me apetece hacer contigo - dijo mientras volvía a encogerse de hombros. 

- ¿El qué? ¿Sentarte en el suelo? - preguntó ella aguantando la risa.

- Nooooooo - respondió él. - Ya sabes. Estar. Simplemente estar, hablar contigo - estiró las piernas a un lado y se dejó caer un poco, colocando las manos en la nuca para que la cabeza quedara un poco más levantada y no tocara el suelo. Quedó mirando el cielo mientras proseguía - Eres sin duda alguna, una de las personas más interesantes mentalmente que conozco. Tu forma de ser, tus pensamientos, tu manera de expresarlo, tu saber estar, tu inteligencia emocional. Es fascinante, ¡de verdad! Y quiero disfrutar de ello. Aquí, así, hablando contigo, sin más preocupación que conseguir poner una palabra después de la otra al hablar -.

Ella le miró en silencio unos segundos, luego, ya también un poco sonrojada, echó la cabeza para atrás y negó con la cabeza velozmente un par de veces - Naaaaaah, qué dices, pero qué lindo eres. Ayyyy, ¡te como! - respondió, riéndose ya. Él se rió también, era difícil no hacerlo con esa risa tan contagiosa que ella tenía, y más si usaba una de sus expresiones tan típicas.

Y así pasaron el resto del día. Hablando, conociéndose un poco más. Descubriendo ideas, disfrutando puntos de vista, formando opiniones, compartiendo momentos y sueños, recordando historias, vivencias, y cualquier otra cosa de la que se pueda hablar. Rieron mucho, y también lloraron un poco. Pero sin duda alguna, al terminar el día, lo que sí tuvieron, es que los dos eran un poquito más.